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Déficit atencional en niños y adolescentes, un desafío diagnóstico y terapéutico

por Dra. María Eugenia López Bönher · Neuróloga Pediatra

El déficit atencional con hiperactividad es el trastorno neuropsiquiátrico más frecuente
en niños y adolescentes, afectando al 10% de ellos. Sus síntomas se inician antes de los 12 años de
edad, algunos de ellos ya en edad preescolar. Produce problemas en el ámbito escolar, social y
riesgo de accidentes. En muchos casos los síntomas persisten en los adultos, que tienen mayor
inestabilidad laboral y en sus relaciones personales y mayor riesgo de conductas impulsivas,
aumentando la posibilidad de accidentes, consumo de drogas y otros.

Cuando un niño o un adolescente llega a consultar por dificultad en su desempeño
académico y /o social, se abre un abanico de posibilidades diagnósticas. El trastorno por déficit
atencional es solo una de ellas y en la mayoría de los casos hay factores asociados. Existe una
base biológica, heredable, pero además hay elementos en la crianza, en los hábitos (sueño,
pantalla, cantidad y calidad del estudio), en el sistema de enseñanza, aspectos motivacionales y
posibilidades familiares (tiempo, recursos económicos y culturales) de apoyar la enseñanza, que
influyen decisivamente en el desempeño escolar.

El diagnóstico requiere de información aportada por el niño, sus padres y sus educadores
tanto de los síntomas cardinales (inatención, impulsividad, hiperactividad) como de los factores
antes mencionados. La historia clínica, el examen físico, mental y las evaluaciones de otros
profesionales como psicólogo, psicopedagogo, etc. están orientados a buscar otras causas que
pueden dar los mismos síntomas o que pueden agravar al déficit atencional: discapacidad
intelectual, trastornos de aprendizaje, trastornos del espectro autista, trastornos sensoriales
(déficit visual o auditivo), trastornos del sueño (insomnio, apneas del sueño), epilepsia, trastornos
del ánimo y muchos otros. Lo mismo sucede con los exámenes de laboratorio que solo se solicitan
si se sospecha una causa médica; no hay exámenes a nivel clínico que confirmen o descarten un
déficit atencional.

Una vez que se ha llegado al diagnóstico, comienza el desafío terapéutico. El manejo del
factor biológico podría ser considerado sencillo ya que existen fármacos seguros y efectivos. Sin
embargo, existe un temor arraigado en muchos padres sobre los efectos colaterales de los
medicamentos por lo que habitualmente hay resistencia a la indicación. Puede haber efectos
secundarios, pero estos habitualmente son leves en niños previamente sanos. Los médicos deben
aclarar todas las dudas y deben controlar a los niños en un tiempo prudente. Además puede
ocurrir que con el uso de los fármacos no se cumplan todas las expectativas, por ejemplo que las
notas no suban. Se debe explicar al niño y a sus padres qué esperar del fármaco.
En el buen manejo de los otros factores que influyen en el rendimiento escolar, los
actores más importantes son el niño, sus padres y sus educadores.

Uno de los factores de mayor importancia es la falta de sueño, mal de nuestra época.
Desde los primeros años de vida los niños se duermen tarde, principalmente por causas culturales
y sociológicas. La falta de sueño influye negativamente no solo en el nivel cognitivo y conductual,
sino también en la salud física. Otro de los factores relevantes es el exceso de pantalla a la que están expuestos los niños desde los primeros meses de vida. En los primeros dos años de edad no debiera haber exposición. Se ha demostrado que existe un menor rendimiento cognitivo en
niños y adolescentes expuestos a más de dos horas de pantalla al día. Además la luz azul de las
pantallas electrónicas afecta negativamente la conciliación del sueño.
Es indispensable que los padres y profesores comprendan que las dificultades de atención
e impulsividad son reales, que para el niño es difícil manejarlas y que requieren de su apoyo. Hay
que proveer un ambiente estimulante y motivador, dar instrucciones precisas, supervisando que
el niño las comprenda bien y las cumpla y reforzando positivamente los avances aunque sean
lentos.

Un manejo integral en los niños y adolescentes evita las complicaciones emocionales
dadas por el fracaso académico y/o social, mejora la salud mental y previene las dificultades
observadas en su evolución hacia la vida adulta.

Es un desafío que vale la pena.

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