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Entrevista al Doctor Francisco Mena

22 de Mayo 2008

Doctor Francisco Mena, a propósito del Premio Ricardo Olea

“LO QUE MÁS ME HA IMPORTADO EN MI CARRERA ES LA RELACIÓN HUMANA. CREO QUE POR ESO ME DIERON ESA DISTINCIÓN”

En esta entrevista el facultativo no sólo habla del reconocimiento que le entregó SOPNIA en el Congreso 2007. También se refiere a su familia, su derrotero, su formación académica y de lo primordial que es el servicio por el servicio en la medicina.

Claudio Reyes R.

Aunque no tenía muy claros los motivos del honor, es muy probable que el médico Francisco Mena recuerde a octubre de 2007 como el mes en que la Sociedad de Psiquiatría y Neurología Infanto Juvenil (SOPNIA) le entregó el Premio Ricardo Olea, condecoración con que esa institución científica y sus socios laurean tanto el aporte y la trayectoria médica, como la calidad humana, ética y valórica de sus pares.

El homenaje lo define como “una tremenda sorpresa”, pues “no sé por qué me lo dan, lo digo sinceramente”, confiesa. Y añade: “Supongo que será porque soy viejo, porque he trabajado hartos años en la especialidad, porque me tienen cariño y porque no hago leseras. Yo pensaba que estos galardones se los daban a quienes han investigado y que han hecho numerosas publicaciones. Yo, además de haber participado en algunos libros, no he hecho mucho más. No tengo una vida académica muy intensa. Es un premio que lo disciernen mis pares e imagino que es porque soy el más viejo de los neurólogos en ejercicio”, bromea y ríe el facultativo.

Pero, más allá de los motivos, ¿qué representó esta distinción para usted?
—La verdad es que no sé muy bien. Creo que es un reconocimiento de mis pares a una carrera honesta. No sé si será más que eso.

El Ricardo Olea es un premio a su trayectoria de excelencia. Al otro lado de los éxitos están los fracasos, los yerros. ¿Usted los ha tenido?
—Fíjate que no tengo mucha conciencia de haber metido la pata en forma grosera. Y si no la he metido es porque no he hecho y no hago cosas más allá de las que debo hacer.

En esta entrevista Mena no sólo habló del galardón, también nos contó de su vida en Zapallar, en la Quinta Región, donde se mudó hace poco más de un año junto a su esposa y uno de sus siete hijos. Relata: “Decidimos irnos porque tengo un hijo con un retardo y a él le iba a hacer bien. Y así ha sido. Allá nos ubica todo el mundo desde hace bastante tiempo, conocen a mi hijo, de manera que él se siente más libre, puede andar por el pueblo sin problemas. Además, como yo había renunciado al Hospital Calvo Mackenna me fui al de La Ligua y a los consultorios de Catapilco y de Zapallar”.

Doctor, ¿cómo fue ese cambio laboral?
—La verdad es que es muy diferente el desempeño en la capital al de provincias, pero es algo lindo. Mi carrera la inicié como médico rural —en Pucón— y la estoy terminando de igual manera. Es entretenido e importante, porque no hay ningún neurólogo de niños desde La Serena hasta Quillota, entonces es muy bueno para la gente que exista uno en La Ligua.

¿Fue duro partir del Calvo Mackenna?
—El Calvo fue mi casa durante cuarenta y seis años y claro que fue difícil dejarlo. Siempre disfrute de mi labor y me sentí muy querido. Cuando dejé el hospital me hicieron una linda despedida, fueron como sesenta colegas y personal de todos los servicios. Me di cuenta que me apreciaban.

“Trabajo harto allá —en la Quinta Región—.El resto del tiempo salgo, disfruto a mi familia, leo, escucho música, camino con el perro, jardineo y vengo cada quince días a Santiago, donde atiendo una consulta. Me muevo bastante”, complementa este abuelito chocho con los catorce nietos que le han dado sus siete hijos. El mayor de ellos “es arqueólogo, el segundo es músico, la tercera estudió pedagogía y hace clases a adultos, la cuarta es profesora de artes plásticas y tiene un magíster en jardinería y otro en educación. Las otras dos, que son gemelas, son periodistas. Luego está mi otro hijo, que vive con mi esposa y conmigo”, confiesa sobre los suyos.

El proceso formativo y la perspectiva crítica
Francisco Mena estudió medicina en la Universidad Católica y, según comenta, siempre tuvo claro que su “vocación iba por el lado de los niños”. Lo que no estaba decidido, eso sí, era la especialidad que iba a seguir, pues sus intenciones primitivas estaban enfocadas en la pediatría.

De esos años, recuerda: “Estando en la universidad, me casé. Era el año 1957. En Pucón había un hospital regentado por unas monjas alemanas y el párroco de esa localidad llamó a la Católica preguntando si había algún doctor que se pudiera ir a hacer cargo de ese recinto. Era el padre Francisco Valdés, un sacerdote santo que yo admiraba y que, a la postre, fue obispo de Osorno. Era un hombre excepcional, muy atractivo, que andaba a pata pelada, alojaba en el campo o en las rucas de los mapuches, era pintor, músico... Entonces, cuando el decano me llamó y me propuso hacerme cargo del Hospital, dado que yo era el único casado, le dije ‘ya poh’. Ni lo pensé, me fui así no más, sin saber si me iban a pagar o si tendría un cargo, nada”.

Añade: “Sentí que ahí podría desarrollar mi ideal como médico cristiano. A los pocos meses de estar trabajando en Pucón fui a Santiago, donde me informaron que había la posibilidad de ser médico general de zona, una experiencia nueva que empezaba ese año. En el Ministerio —de Salud— me afirmaron que podía hacerlo para, luego de tres años, postular a la especialización que yo eligiera en el lugar que yo prefiriera. Estuve tres años allá. La experiencia fue muy linda, tuve que hacer de todo, cirugía, obstetricia, etcétera. Era el único doctor para una población de casi 20 mil personas. Allá nacieron mis primeros tres hijos”.

Posteriormente regresó a Santiago con el propósito de seguir pediatría pero, ya en el Calvo Mackenna, “al hacer la pasada por neurología conocí a los doctores Mariano Latorre y Javier Cox, quienes me acogieron muy bien. Me dijeron: ‘¿y por qué no te quedas en neurología infantil?’. Y me quedé, pues (ríe). La verdad es que así fue”, complementa.

¿Y qué pasó en ese momento con su deseo de seguir pediatría?
—Hice las dos cosas: la pediatría, por casi veinte años, y neurología infantil, a la que después me dediqué exclusivamente. Estuve cuarenta y seis años en el Calvo Mackenna, desde 1960 hasta el 2006. Me dediqué, eso sí, sólo a neurología los últimos treinta.

Luego acota: “Lo cierto es que nunca tuve una formación sistemática. En ese tiempo no existían las becas, por lo que fue una formación en la práctica. Trabajábamos, mano a mano, con Cox y Latorre, que eran neurólogos formados en la Universidad de Chicago. Ellos fueron mis maestros. Después hice una beca corta, de seis meses, en la Universidad de California, en la UCLA. Por lo tanto había mucho de autoformación, de aprendizaje en el día a día, en el hacer cotidiano”.

Consultado por el valor que le otorga a ese modo de formación, responde que es una buena forma: “Uno no le dedicaba el cien por ciento del tiempo. Creo que las generaciones nuevas están mejor formadas ya que se preparan en un proceso sistemático y muy exigente”, añade Mena.

Además enfatiza que “me temo, eso sí, que los médicos de hoy son, a veces, muy técnicos y menos humanos. Yo me considero práctico, no soy un experto en el último gen de la enfermedad equis. Y no me preocupa mucho. Creo hacer una neurología suficientemente buena. Cuando no estoy seguro de algo, lo consulto o derivo al paciente. Lo que más me ha importado en mi carrera es la relación humana, quizá por eso me dan el premio —Ricardo Olea—, pues no soy un sabio ni un investigador, sino un profesional cercano. Recibo mucho cariño de mis pacientes y de mis colegas. Y yo, igualmente, los quiero”.

¿Qué otras falencias ve en el gremio?
—Pienso que, a veces, los colegas jóvenes tienden a buscar los cuadros más raros. No van a lo más común y eso los lleva a abusar de los exámenes. En parte, eso se explica por el temor a las demandas, se suele pensar “no vaya a ser que se me pase algo”. Un ejemplo son los chiquillos con dolores de cabeza: A más del cincuenta por ciento de los que presentan cefaleas se les piden estudios como escáner o resonancia magnética. Por si acaso. Porque a no más del dos por ciento de los muchachos se les descubre algo. Hay un sobre abuso de los exámenes que, generalmente, son caros.

En otras entrevistas algunos de sus colegas me han comentado que el mundo médico adolece de arrogancia y soberbia. ¿Cuál es su opinión al respecto?
—Entre nosotros hay arrogancia como en cualquier otra profesión. Ahora bien, es cierto que la medicina siempre ha estado rodeada de un cierto halo casi de divinidad. ¿Por qué? Talvez por que trata con la vida y la muerte. También pareciera ser que da cierto estatus. No obstante, eso ha ido disminuyendo. Cuando era joven, era frecuente ver en los avisos económicos: “Médico vende su auto”, como si eso diera garantías al comprador de que no lo iban a engañar. Hoy no somos mejor considerados que otros profesionales y eso se debe a que nos hemos ganado la pérdida de respeto, en parte por el afán de dinero. La plata y el estatus han cobrado cada vez más relevancia.

Y eso, en lo personal, ¿qué le provoca?
—¡Me da pena! Se ha perdido, en algunos, el sentido del servicio por el servicio. No digo en todos, obviamente, pero a veces uno lo percibe. Quiero dejar en claro, eso sí, que la mayoría de las personas con las que he trabajado, particularmente en nuestra especialidad, veo un alto sentido ético y no percibo un aprovechamiento de ella.

Mensaje
Al ser inquirido por el rol de la docencia en su vida, Francisco Mena señala que el hacer clases fue para él algo “muy significativo. Me gustaba, aunque me tensaba, me ponía nervioso. Fui profesor en la Universidad de Chile, en las escuelas de medicina, kinesiología y fonoaudiología. En la Católica hice clases en la escuela de psicología. A las psicopedagogas les encantaban mis cátedras porque les presentaba la neurología de manera muy sencilla y eso es mérito del doctor Latorre, uno de mis maestros. Esta disciplina, que siempre fue considerada como misteriosa, él tuvo la habilidad de hacerla muy accesible”.

¿Qué percepción tiene de las nuevas generaciones de neurólogos infantiles?
—Están muy bien preparados, aunque se le está dando demasiado valor a ciertos aspectos como la biología molecular, la genética, etcétera, que, si bien es importante conocerlos, suele dárseles demasiado énfasis en desmedro de la clínica general. Tuve un becado, un excelente alumno que conocía mucho de genética, pero tenía dificultad para distinguir un retardo mental leve de uno moderado o grave. Y eso, clínicamente, se puede detectar rápido.

Si tuviera que dar un mensaje a sus nóveles colegas, ¿cuál sería?
—En primer lugar, quienes desean ser médicos, deben amar servir. Segunda cosa: cuando se enfrenten a un paciente, tomar en cuenta la opinión de los padres y madres. Tercero: Tener cercanía con la familia, ser humano, cálido, ser alguien que acoge y se conduele con el enfermo. Por último, mantener siempre la rectitud ética, no dejar de hacer cosas que se estima deben hacerse y no hacer más de las que se debe. Y frente al tema de la muerte, tener conciencia de que los muchachos tienen derecho a vivir y también a morir, derecho que cada vez se respeta menos.

Antes me decía que siempre tuvo clara la opción de atender niños. ¿Qué le atrae de ellos?
—No sé, me gustan. ¿Sabes qué? Me pasa algo bien raro: Siempre dicen que los pequeños no saben decir lo que tienen, pero a mí me parece que los adultos inventan lo que les pasa (ríe). Tengo una cercanía que se me da muy fácil con los chicos. Si algo le he podido enseñar a las generaciones nuevas es el trato con los niños y la familia, el tener una relación amistosa con ellos.

Complementa: “Cuando venían los doctores a postular a las becas les hacía preguntas con la intención de descubrir sus motivaciones: Si iban a hacer la especialidad por un interés por la ciencia, por el dinero y la posición o bien por el servicio. Lamentablemente, lo último no era lo más importante, cuando eso es lo que te hace feliz. En el ejercicio de la medicina no gané mucha plata y me jubilé con trescientas lucas. No obstante, soy feliz”.

Luego, Mena finaliza: “Mira, tengo un hijo con un retardo y, aunque me dediqué a la neurología antes de saberlo, fue como una premonición. Me siento cercano a los muchachos con dificultades. En Estados Unidos, por ejemplo, en el grupo de colegas que estábamos en el curso había una doctora cuyo hijo tenía parálisis cerebral. Fui un par de veces a su casa y lo tomaba en brazos —al pequeño—, lo que para mí era absolutamente normal, sin embargo, para ellos ese gesto era extraordinario. Tanto así que, cuando me vine, el papá del chico me dijo ‘nunca me sentí tan cercano a alguien’. Y lo que yo había hecho no era nada especial. La respuesta a esa pregunta que me haces de si me siento atraído por los niños es sí, me producen ternura”.


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