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Entrevista al Doctor Fernando Novoa

26 de Septiembre 2007, Sopnia.com Doctor Fernando Novoa:
"HOY LA MEDICINA SE HA CONVERTIDO EN UNA ACTIVIDAD MERCANTIL DONDE NO ESTÁ MUY CLARO SU ROL SOCIAL"

Luego de casi treinta años sirviendo en el capitalino Hospital San
Borja-Arriarán, este facultativo decidió, junto a su esposa, irse a vivir a Valparaíso, donde combina su labor clínica en el Hospital Van Buren con el estudio y las aplicaciones de la ética.
Desde esa tribuna y con la autoridad que le dan sus más de cuatro décadas de
carrera, además de repasar esa trayectoria, en este coloquio cuenta sobre su hobbie de nadar a diario en el mar y se refiere también a algunas carencias valóricas que, a su juicio, están presentes hoy en el mundo médico.

Claudio Reyes R.




Al comenzar la conversación, el doctor Fernando Novoa confiesa una cierta inquietud al concederla, sobre todo pensando que su objetivo es hacer un perfil humano-profesional de él. "El sentir que uno amerita una entrevista para dar a conocer esas cosas tiene un riesgo, de verdad creo que la soberbia es un pecado capital", señala. Sin embargo, se anima y sostiene que "la única razón por la que acepto es que, quizá, uno puede dar un mensaje que contribuya a mejorar algo o a cumplir fines y, de ese modo, transmitir el cómo la gente pueda ser más feliz".

Cuando habla de mensaje, se le inquiere por cuál sería el suyo y, para contestar esa pregunta, se hace necesario iniciar un repaso por su carrera: "Una vez que me recibí, en 1963, opté por irme de general de zona a un pueblo del sur, Quirihue. Ahí estuve hasta 1966. Gran parte del tiempo que pasé allá fui el único doctor del hospital local, eso fue una gran experiencia profesional y, más aún, desde el punto de vista personal. El ser el único te daba la exigencia de estar de turno las 24 horas del día, todos los días. Por lo tanto, escaseaba el tiempo libre, era complejo desde esa perspectiva. No obstante, tenía la satisfacción de sentir que estaba cumpliendo una labor social que, en este momento, se ha perdido."

¿Siente que usted la perdió o en la medicina se ha extraviado?
-No, creo que en general. Las personas, desde el momento en que vivimos en sociedad, tenemos el deber de contribuir al bien, de dar algo que permita mejorar la situación. ¿Por qué digo esto? Porque yo, por ejemplo, pude estudiar y eso fue posible porque era y soy parte de una comunidad. Sólo no lo habría logrado. Cuando uno recibe eso, debe considerarse en deuda. El hecho de estar en ese lugar del sur, en Quirihue, me hacía pensar que, si bien era sacrificado, estaba prestando un servicio a quienes no lo habrían tenido de no haber estado yo.

Suspira y complementa: "Hoy la medicina se ha transformado en una actividad mercantil donde no está muy claro su rol social, ha pasado a ser un bien más dentro de todos los que se tranzan en el mercado. Hoy, el tener más cosas es un objetivo y eso redunda en que se ha olvidado nuestro papel. Lo digo en el sentido de que se puede obviar ir a un ingeniero o un abogado u otros expertos, pero no hay nadie que en su vida no vaya a necesitar de un doctor. Eso le da a esta profesión una tarea social específica".

Luego de estas reflexiones, Novoa prosigue con el relato de su trayectoria: "Al terminar esa estadía en Quirihue, en 1966, me trasladé a Santiago a hacer una beca en pediatría en el que, en ese tiempo, era el Hospital Arriarán. Sin embargo, mi interés era la neuropediatría. Y, aunque esa era una beca que no existía por esos años, me dieron la facilidad de hacerla por una vía más prolongada en distintos departamentos de neuropediatría y neurocirugía. Así, en 1969 completé la especialización y seguí colaborando en el área de neuropsiquiatría del Hospital Arriarán y, después, en el San Borja-Arriarán".

En este último lideró un grupo cuya finalidad era ampliar la educación de expertos en neurología de niños. Cuenta: "Estuve por algo menos de treinta años ahí. Estaba en la parte asistencial, atendía pacientes, pero también tenía una labor muy importante para mí, que era la formación de jóvenes profesionales. Fueron muchas las generaciones que preparamos, trabajé con un grupo de personas muy inteligentes y con muchos valores, por lo que fue muy grato y productivo".

"La soberbia merece una severa desaprobación"
Fernando Novoa dice que, poco a poco, la ética ha ido sumando relevancia en su vida. Tanto es así que, además de los múltiples cursos realizados en universidades de Inglaterra, Estados Unidos y en las chilenas Adolfo Ibáñez y Del Desarrollo, hizo un diplomado en ética clínica en la Universidad de Chile.

A la hora de explicar esa inquietud, señala que en 1993, junto a su esposa, la doctora Marta Colombo, decidieron irse de Santiago para residir en Valparaíso, donde ambos comenzaron a desempeñarse en el Hospital Van Buren. "Ahí partí creando la beca de neuropediatría, ya tenemos cuatro generaciones de becados que están en los distintos hospitales de la región. En este momento, cuando ya tenemos hechos la beca y varias hornadas de nuevos especialistas, estoy cambiando", confiesa.

Y añade: "Hice un diplomado en la Universidad de Chile. Mi interés, en este instante, es la ética porque en nuestro medio no son muchos los que están preocupados del tema, el atractivo es bajo. Creo que es una materia que se debe impulsar, por eso estoy en el Comité de Ética del Hospital Van Buren, también en el del Servicio de Salud de Valparaíso y San Antonio, en el de la Sociedad de Neuropsiquiatría y en el Tribunal de Ética del Colegio Médico de la V Región. He ido dejando la cosa clínica para dedicarme a esta otra área.

¿Por qué cree usted que existe ese desinterés por la ética?
-Creo que, en el fondo, hay una falta de conciencia. No nos damos cuenta de su importancia y de sus implicancias, cuando en la medicina es de suma trascendencia. Y eso se debe a múltiples aspectos, uno es lo difícil que es para la gente morirse…

¿Le cuesta fallecer? ¿Cómo así?
-Claro, a las personas les cuesta mucho morirse. Nosotros tenemos respiradores mecánicos y medicamentos poderosos para mantener a las personas con vida.

Más tarde reflexiona y hace un paralelo con la mitología helénica: "Asclepio -Dios griego de la medicina-, era el símbolo de los médicos. Como era muy eficiente, Zeus decidió que debía morir pues impedía que la gente falleciera y eso podía alterar el equilibrio, el orden del mundo. ¿A qué voy con esto? Hoy tenemos pacientes que deben morir y les aplicamos tales tratamientos que no los dejamos, el resultado es una prolongada agonía y sufrimiento. No hay mucha conciencia de eso".

Lo más probable es que le esté entendiendo mal, pero ¿ese discurso es una apología de la eutanasia?
-No, no, no. En su pregunta hay falta de precisión de los términos. La eutanasia es un acto médico que consiste en que un paciente irrecuperable solicita que se le administre un fármaco que le provoque la muerte. A lo que yo me refiero es a la limitación del tratamiento, es decir, a no prolongar la vida del paciente de manera innecesaria al punto que la causa del fallecimiento sea la enfermedad. La muerte es una situación normal que debe ser acompañada por el doctor de manera que ni el paciente ni su familia sientan dolor, angustia o sofocación.

Complementa: "Hay un instituto de bioética de Nueva York donde plantean que nosotros hoy tenemos tres grandes labores: Una es evitar que las personas se enfermen, es decir, educar; la segunda es tratar el sufrimiento y, la tercera, es evitar luchar en forma inapropiada contra la muerte. Creo que hablamos de un campo de batalla que, en el fondo, es el cuerpo del paciente. No tenemos que olvidarnos de eso".

Volvamos con la soberbia. Antes me habló de ella en términos genéricos, ¿existe ésta en particular en los médicos?
-Eso es algo muy importante. Como le decía, la soberbia es para mí un pecado capital cuya pena debiera ser un duro castigo. He tratado de tener, como valor propio, la sencillez. Lo que una persona hace, la individualiza. Es decir, su trabajo es como una cédula de identidad. Algo bien hecho es lo que da valor a alguien y esa puede ser una persona que hace el aseo o un alto jefe. Vale más, incluso, un aseador conciente de estar contribuyendo al bien común que aquellos que hacen las cosas sólo por interés personal. Uno debe estar conciente que sus servicios son una vuelta de mano a la sociedad, se suele creer lo contrario, que el resto está en deuda con uno.

La familia, los reconocimientos y los hobbies
Por casi treinta años Fernando Novoa fue parte del Servicio de Neuropsiquiatría del Hospital San Borja-Arriarán. Allí conoció a su compañera de toda la vida. Con lindas palabras se refiere a ella: "Durante la década que hice pediatría, tuve la oportunidad de conocer a la que es mi esposa, la doctora Marta Colombo, que es una de las personas más inteligentes que he conocido y que es dueña, además, de una bondad impresionante".

Aunque sin un ápice de reproche, al contrario, luego la sindica como la responsable de la partida a la V Región: "Hasta el año 1993 ella trabajaba en el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos -INTA-, era jefa, yo también tenía una jefatura en el San Borja Arriarán. Después de haber estado ahí durante veintisiete años, a mi señora se le ocurrió que ya era el momento de dejar ese lugar y de dar un paso al lado para que profesionales jóvenes se hicieran cargo de nuestro quehacer".

"Con Marta tenemos un hijo y dos nietos: Martín, de siete años, que es un muy buen futbolista, y Felipe, de dos, y que dice que él le pertenece al Tata. Y ese soy yo", finaliza todo chocho al referirse a su familia.

Novoa dice sentirse privilegiado por pertenecer a tres sociedades científicas: La Sociedad de Pediatría, la Sociedad de Neurología de Adultos y la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de la Infancia y la Adolescencia -SOPNIA-. Todas ellas han reconocido sus aportes con sus distinciones propias, la primera le entregó el Premio Julio Schwarzenberg, la segunda lo nombró Maestro de Neurología y la última lo galardonó con el Premio Ricardo Olea. "¿Cómo los interpretó? -se pregunta-. Significan el reconocimiento a los grupos con los que he colaborado, al equipo de colegas con los que he tenido el privilegio de participar en conjunto. A través de esas distinciones los represento a ellos, porque juntos hicimos las cosas", indica.

Estos honores reconocen los éxitos. Al otro lado están los fracasos, ¿usted los ha tenido?
-Muuuchos. Felizmente los tuve, aunque prefiero no detallar mucho… -suspira-. Pienso que el éxito a uno lo empequeñece; los fracasos, en cambio, lo hacen crecer, le permiten ser una mejor persona. La cantidad de reveses que he tenido son muchos, tanto en lo profesional como en lo personal. Pienso que he sido alguien normal, promedio, que ha tenido algunos éxitos y bastantes caídas, algunas muy duras. Ante eso hay que tener una de las virtudes cardinales, la fortaleza, que es necesaria para vivir porque los fracasos son inevitables. Estos se deben tomar como una oportunidad para crecer y ser mejor.

¿Es cierto que se baña todos los días en la playa?
-Nado todo el año, de enero a diciembre. A las 12 del día termino mi turno en el Hospital Van Buren y, cuando salgo, me voy con mi maletín a la playa donde tengo algunos amigos, la mayoría son pescadores y mariscadores con quienes tengo una relación muy grata. El mar para mí es como el "setup" del computador, entrar en el agua fría, darle una pequeña pelea a las olas y nadar un poquito es una situación de fuerza física y de decisión que me renueva.

¿Lo hizo también con las heladas que hubo hace unos meses?
-Sí, sí, sí. El agua oscila entre 12 y 13 grados, no es algo tan extremo. Es una actividad grata. El trabajo es una parte importante en la vida, pero siempre le digo a la gente, a mis colegas, que no dejen el ocio, que es distinto a la pereza, que también es un pecado capital. El ir a la playa, nadar y luego volver a la consulta es una cosa que me renueva. A mis colegas del hospital les digo que me voy a terapia y ellos preguntan si estoy enfermo, y yo les digo que no, que me voy a la playa a nadar y a almorzar, me llevo un pequeño sándwich y una ensalada. Más tarde vuelvo a mis labores.

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