Entrevistas

Entrevista al Doctor Jorge Förster

21 de Abril del 2007, Sopnia.com “SOY DE LOS ‘QUEDADOS’, DE LOS QUE NUNCA SE HAN QUERIDO IR DEL SISTEMA PÚBLICO DE SALUD”

Este mes de abril el facultativo celebra sus 37 años de trayectoria médica, la que está marcada por sus aportes en diversos grupos de estudios e instituciones, así como por ideales y valores que se fundaron en su juventud, pero que se mantienen hasta hoy. Ofrecemos esta entrevista a Jorge Förster, ex presidente de Sopnia y primer favorecido —junto con el psiquiatra de niños y jóvenes Hernán Montenegro— con el Premio Ricardo Olea.  

Claudio Reyes R.

Al neurólogo infantil Jorge Förster, ex presidente de la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de la Infancia y la Adolescencia (Sopnia), no le agrada mucho hablar de sí. Le complica. Acaso por un arraigado sentido de la humildad del que tampoco presume, si bien se hace evidente en un coloquio con él; o quizá como un complemento de su bien definida vocación de servicio: “Cuando me recibí, en 1970, estaba en una parada muy distinta — a la que formaba parte del contexto de la época—. Pensaba y sentía que el médico tenía un rol social muy importante que cumplir, percepción que no he cambiado para nada hasta ahora”, confiesa este profesional que, justo este mes de abril, cumple 37 años de carrera, mismo período que ha estado casado, relación de la que nacieron sus cuatro hijos —un varón y tres mujeres— con inclinaciones “artísticas”, según él mismo refiere, y tres pequeños nietos de cinco, tres y un año.

Pediatra, neurólogo de niños y adolescentes, presidente en ejercicio de la Liga Chilena contra la Epilepsia, primer ganador del reconocimiento Ricardo Olea entregado por Sopnia, docente y, además, pintor. Todo eso es Jorge Förster, con quien conversamos sobre su carrera, experiencia e ideales. Esta es su entrevista.

Trayectoria
Förster cursó medicina en la Universidad Católica en un período romántico y de muchos ideales. Cuando los jóvenes se alzaban exigiendo una profunda reforma universitaria, el galeno, según relata, accedió a la educación superior de modo gratuito en la Universidad Católica, aprovechando el arancel diferenciado que en esa época existía en esa casa de estudios. Sostiene: “Desde que era un estudiante estuve muy metido en la parte social, trabajando en policlínicos creados en diversas poblaciones marginales y, ya como interno, en la población La Bandera, que había sido radicada en forma reciente. Pensando que nuestra enseñanza profesional estaba un poco alejada de las prioridades sociales, partí desempeñándome tempranamente en el país que había contribuido a instruirme gratuitamente”.

Una vez titulado concursó para un puesto de general de zona. Y ganó. No obstante, “a última hora se dio que la UC creó su propia Cátedra de Pediatría en el Hospital Sótero del Río y ofreció un programa de formación pediátrica que duraba tres años”, relata. Ante esa alternativa, y para mantener sus lazos con la población La Bandera, desechó irse como general de zona y prosiguió su instrucción formal de especialización.

Doctor, ¿cómo deriva a la neurología?
—Un neurólogo infantil del hospital, el doctor Luis Schlack, organizó un mini grupo de estudio y me invitó a participar. Como he sido siempre un fanático de estas instancias, me resultó atractivo y accedí. Así empezó a manifestarse mi interés por esta área. Mi aprendizaje en neurología no fue tradicional, no fue con una beca como las que hay ahora. Hay mucho de autoformación y práctica. Así uno se demoraba bastante más tiempo en adquirir los conocimientos que un becado obtiene hoy en tres años. Pero es lo que había en ese momento.

¿No se ha arrepentido de la opción tomada?
—No. Fundamentalmente porque la conducta humana es extraordinariamente interesante. Cualquier especialidad médica que las aborde me parece súper atrayente.

Consultado por su carrera clínica asegura que “toda la he desarrollado en el Hospital Sótero del Río”. Luego sentencia: “Soy de los ‘quedados’, de los que nunca han querido irse del sistema público de salud, siento que ahí es donde uno puede aportar más”.

¿Cómo recuerda su etapa formativa?
—Bueno, una cosa importante que me sirvió es el haber sido médico de urgencia infantil. Toda mi vida lo he sido. De hecho, hasta ahora hago docencia de esa área. Eso le da como un plus a la condición de neurólogo por estar en el contexto global de la medicina infantil. Cuando un neurólogo hace urgencias es distinto el enfrentar agudamente al niño que llegó grave y ver su evolución en vez de que, cuando está hospitalizado, le cuenten como está. Es una ventaja.

Ya que lo menciona, ¿qué lugar ocupa la docencia en su vida?
—Uno muy significativo. Una de las motivaciones por las que uno se queda en el sector público de salud es la posibilidad de trabajar con gente más joven. El conocimiento es extraordinariamente atrayente, gratificante en términos profesionales, y es por eso que es tan importante el mantener una formación activa. Es el manejo de información por el manejo de información.Y puede ser en cualquier área del conocimiento, en el arte, la pintura. No deja de ser atractivo.

¿Cómo son las relaciones con sus alumnos?
—Cuando uno hace docencia en los últimos años de la carrera de medicina o en las becas, es distinta la relación. Mi tutoría directa de un alumno es muy breve, de una semana durante cada uno de los dos cursos anuales de pediatría. Mis vínculos son buenos, tengo una actividad continua con los internos en el hospital aunque no te podría decir que soy ultra popular (ríe).

Recientemente participó como editor del libro Síndrome de Déficit Atencional. ¿Qué podría decir de eso?
—Es un libro que tiene el patrocinio de Sopnia. El proyecto partió hace unos siete u ocho años, después de un congreso de la sociedad acerca del tema. La iniciativa es fundamentalmente de la doctora Isabel López —presidenta de Sopnia—, quien reunió a cuatro neurólogos como editores. Lo que hicimos ahora fue ampliar el equipo incorporando a psiquiatras y se sacó una nueva edición. Es una obra muy bien hecha, bien corregida, acotada y muy recomendable.

Del rol social y las utopías
A la hora de evaluar la calidad de la educación en neurología de niños y adolescentes, Förster dice que le resulta complicado emitir una opinión categórica: “Siento que los programas de formación son muy similares, pese a que en la UC se hace hincapié en que para ser neurólogo se requiere ser pediatra, lo que no se hace en todos lados . En la Universidad Católica estamos casi en el tercer año de funcionamiento de una beca de neurología infantil y aún no podemos evaluar sus resultados”.

¿Qué se requiere para especializarse en esta área? ¿De qué debería estar conciente un médico en relación al rol social, por ejemplo?
—Siempre he visto a la medicina como una vocación de servicio. Los tiempos han cambiado, yo me eduqué sin tener que pagar prácticamente nada. Por eso sentía que tenía algo que devolver, que tenía una deuda con la sociedad que me había ayudado a preparar. Hoy, cuando se paga mucho por la universidad, eso no parece estar muy presente.

Complementa lo anterior: “Uno no sabe cuáles son las utopías de hoy, cuesta mucho saber qué motiva a los muchachos de hoy. Como ejemplo, hace poco hablaba con un colega de un voluntariado que encontraba que sus réditos por pertenecer a él, eran bajos en términos personales. Que había poca devolución, que no existía prestigio asociado. Cuando uno ingresa a una actividad voluntaria en la que se asiste a la comunidad, no lo hace porque vaya a ser mejor conceptuado por sus pares ni porque le dé más reputación. Uno se involucra por otros motivos. Entonces, cuesta mucho saber qué piensan las generaciones actuales... Para los médicos parece resultar muy significativa esta notoriedad profesional. Y el aspecto social queda como… a gusto personal”.

No obstante, en su época de estudiante se podía apreciar un fenómeno similar, asevera este facultativo: “Éramos pocos los que estábamos involucrados en la reforma universitaria o preocupados de lo social. Éramos una minoría que tenía un discurso distinto. Algunos podrán decir ‘eso era una absoluta utopía’ o ‘era desubicado’. Ya, bien, quizá. Pero, ¡qué bueno que hayamos tenido esta utopía! Esas creencias a uno le dan fortalezas, lo hacen más resiliente, le entregan resistencia ante la adversidad. Es probable que las utopías no sirvan, pese a ello dan un norte”.

¿Debería haber más conciencia social en el área de la medicina?
—No sé, no quiero ser categórico. Son materias que uno las habla, a veces, con los alumnos y, cuando uno les cuenta lo que le tocó vivir, algunos dicen “éste se quedó en el pasado”. Y con los colegas no se habla con frecuencia de estos aspectos, ya que no le estamos habitualmente preguntando al otro por sus motivaciones o la parte afectiva, especialmente. dentro de grupos masculinos.

¿Qué piensa de las políticas de salud que se están implementando? Hablo de las patologías GES, el ex plan Auge.
—Ha costado mucho echar a andar el GES. Fue resistido por nuestro gremio, incluso Sopnia me pidió un informe. En realidad los grandes temores eran que los doctores seríamos dejados de lado y que habría exclusión por parte de privados, lo que no ha sucedido. La tarea pendiente es reformar la estructura de los mandos medios administrativos, eso es un desastre. Tenemos un buen equipo médico y no médico, mas no tenemos administrativos a la altura. Las dificultades van por ese lado. Pese a ello creo que, en general, hay una serie de beneficios, sobre todo para las personas con menos recursos.

Sopnia y la Liga
Entre los principios que rigen la vida y el actuar de este facultativo hay uno de particular alcance: “Soy un convencido de que no se puede luchar ni criticar desde afuera de un sistema o institución.. Por ejemplo, me formé en un régimen en el que se comentaba que Sopnia no servía. No obstante, si hay que cambiarlo metámonos adentro”, recuerda que fue su modo de pensar.

Hoy siente un gran apego y cariño por esta sociedad científica. De hecho, llegó a ocupar la presidencia de la organización. Sobre su ingreso, rememora: “Llegué hace una buena cantidad de años. La doctora Ledia Troncoso me invitó con el objetivo de crear un grupo de estudio, el de Trastornos del Desarrollo, para atraer a los psiquiatras infantiles porque en ese tiempo, hace unos doce o trece años, Sopnia era manejada por neurólogos. Se formó el grupo y logramos atraer psiquiatras y profesionales del área del desarrollo infantil, fonoaudiólogos, psicólogos, terapeutas ocupacionales y kinesiólogos, entre otros”.

Complementa: “Y, bueno, llegué a Sopnia con ese encargo y me fui quedando. Esto es como una carrera: uno llega, se entusiasma, entra al directorio y se va sumando a sus proyectos. Cuando uno asume como presidente, nadie le dice qué se debe hacer, hay mucho de aprendizaje y de ir desarrollando una rutina, hay proyectos que se van montando y se deben mantener. Es difícil saber los aportes de una directiva, si me preguntas qué hicimos cuando estuve en la presidencia… no sé. No te podría responder qué tipo de innovaciones hicimos. Lo único que sé es que, de ahí en más, pudimos atraer a psiquiatras de manera muy fuerte”.

¿Hacía qué objetivos deberían estar enfocados los esfuerzos de Sopnia hoy?
—Distingo tres misiones: Una absolutamente científica y que tiene que ver con difundir conocimiento y contribuir a la formación constante de los especialistas. El segundo es tratar de influir en decisiones de políticas de salud a través de su opinión experta. Y, por último, hay una misión gremial, que tiene que ver con un trabajo permanente en lo ético, en la elaboración de recomendaciones éticas para los socios. Estamos en un equipo que debe velar porque no haya conflictos éticos entre los pares y que tampoco haya descalificaciones hacia los socios no médicos.

¿Qué supone para usted el haber recibido el Premio Ricardo Olea?
— Es un reconocimiento muy importante, emocionante, sobre todo porque son los pares quienes te premian. Te deja descolocado. Eso sí, me dio un poquito de vergüenza. Sentí que no era quien debió recibirlo primero. Había mejores candidatos y algunos con bastante más trayectoria. Estos premios son súper complicados… alguien me dijo no te tienes que creer el mejor. Y yo nunca he sentido eso (ríe). Ni mucho menos el más capacitado. He sido, eso sí, extraordinariamente perseverante, por esfuerzo no me quedo.

Usted es el actual presidente de la Liga Chilena contra la Epilepsia. ¿Cómo arriba a esta organización?
—Llegué porque pertenecía al Grupo Chileno de Epilepsia. Como ahí tratábamos sólo la parte científica, decidimos que no se podía influir en la epilepsia desvinculándose de lo social, una labor que ya ejercía la Liga Chilena contra la Epilepsia, así que decidimos tener doble militancia. Así empecé. El directorio da las directrices generales y, como presidente, tengo que aplicarlas y preocuparme de aspectos administrativos, entre otras cosas. Hay que dedicarle harto tiempo. Ahora en mayo culmino mi período, esto es como una posta y hay que entregar el bastón de mando. Indudablemente seguiré trabajando ahí, igual como ha sido en Sopnia.

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