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Entrevista Doctor Carlos Almonte

Noviembre 2006, Sopnia.com "TRATAMOS QUE NO SEAN PSIQUIATRAS AQUELLOS QUE ESTÁN CONTAMINADOS POR LA SOCIEDAD MATERIALISTA Y ECONOMICISTA"

El facultativo está pronto a editar "De metáforas y terapia", un libro que trata sobre el uso de las alegorías en la inducción de cambios. De esta obra, de su vida profesional y pedagógica, entre otras cosas, habla en esta entrevista.

Por Claudio Reyes R.

"Estoy casado con la medicina y la psiquiatría. Nunca he dudado de mi vocación. Creo que es una tarea notable y noble que desarrolla todas las condiciones humanas si la persona lo quiere, como la empatía, la honestidad, la ética, etcétera". La cita es del doctor Carlos Almonte, toda una institución en la salud mental chilena. En sus cuarenta y dos años de carrera no ha parado de atender pacientes, tampoco de hacer investigación, escribir artículos y textos que son considerados casi como libros sagrados por estudiantes de pregrado y becados de las distintas escuelas de medicina del país.

Este galeno de 72 años -que primero fue pediatra y que luego se formó, de un modo muy sui generis, como psiquiatra infanto juvenil y que hoy es también terapeuta familiar- tampoco ha dejado lo académico, una de sus mayores pasiones. De hecho, sostiene que aprecia "mucho la oportunidad de seguir haciendo docencia, sobre todo a gente interesada. Estoy agradecido de la juventud que me toca instruir, porque fuera de haber respeto y reconocimiento, también hay cariño".

Ofrecemos aquí una entrevista con Carlos Almonte -que en 2005 su trayectoria y sus aportes a la ciencia médica nacional le hicieron acreedor del Premio Ricardo Olea-. Habló sobre su particular proceso educativo, sus logros y las cosas que le entregan ciertos niveles de frustración y algo de malestar; se refiere, además, brevemente a su familia y también le hace guiños a su conocido y negro humor, algo que lo caracteriza y del que disfrutaron los asistentes a su ponencia sobre Terapia Familiar en el reciente Congreso de la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de la Infancia y la Adolescencia.

Formación atípica

Hoy, cuando están establecidas las bases y estructuras para adquirir la instrucción que necesita la psiquiatría infantil quizá resulte extraño, sobre todo para los jóvenes, hijos del rigor académico, comentar que Carlos Almonte se autoeducó en esa doctrina. Pero eso tiene explicación. Y es que para dar inicio a procesos de cualquier índole y área del conocimiento, siempre se requiere de pioneros y figuras vanguardistas. En el caso de la psiquiatría de niños y jóvenes uno de esos precursores fue, precisamente, este facultativo.

Al respecto, señala: "En esa época no había beca de la especialidad y me inicié como pediatra. Como al año y medio de ejercicio se me dio la oportunidad de trabajar con el doctor Mario Sepúlveda, que estaba abriendo un servicio de atención en el hospital San Juan de Dios. Acepté la invitación. Comenzamos de inmediato y sin tener un aprendizaje acabado previo".

En ese contexto, ¿cómo se aprende y ejerce?

-Con estudio permanente. Hasta el día de hoy.

Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, ¿qué valor le da a esta educación?

-Uno debe esforzarse mucho y aprender a seleccionar aquello que es de valor y lo que no entre todo lo que se informa. Hay que discernir, discriminar y luchar por lo que a uno le interesa, de modo que uno se forma como un profesional autónomo, con capacidad de desarrollarse, sobre todo desde la observación del paciente y sus padres, que es la mejor escuela.

¿Qué trayectoria tiene y cómo la evalúa?

-Son cuarenta y dos años. Y los evalúo bien.

¿Podría ahondar un poquito más?

-¡Aaah! (Ríe). En estas décadas he tenido bastantes oportunidades. He perfeccionado una extrema autocrítica, lo que me ha ayudado muchísimo a hacer una buena labor.

Para ese análisis crítico de su cometido, Almonte tiene en cuenta varios factores: "Lo primero es el resultado de lo que se hace. Si se está muy lejos de lo que se propone, quiere decir que algo está pasando. Por otro lado está el hecho que, desde siempre, he tenido contacto con otros colegas como Mario Sepúlveda y los de la Agrupación Hospitalaria de Psiquiatría Infantil -antecedente de Sopnia-, que reunía a todos los especialistas de Santiago. Además, tempranamente estuve involucrado en la docencia y para dirigir a los becados no sólo se debe conocer el tema, también hay que tener claras las posturas que uno asume como médico", asegura.

La enseñanza

La formación tiene un lugar importante en su vida. De hecho, Ricardo García, su colega, expone: "He trabajado varios años con él. Creo que recibió justamente el premio Ricardo Olea, lo que es un mérito pues es un reconocimiento que entregan los pares por las cualidades que ha tenido, sobre todo en el ámbito de la académico".

García añade: "Ha guiado a muchas generaciones. Junto con ello ha tenido una línea conceptual que le ha dado un sello a ese aprendizaje. No sólo ha transmitido conocimientos, sino que le ha impreso una marca a la línea sistémica-evolutiva. Todos hemos aprendido de él".

Y no se equivoca. La doctora Cecilia Ruiz ilustra al respecto: "Cuando elegí ser psiquiatra infantil nunca imaginé, con esa soberbia de los jóvenes recién egresados, la cantidad de procesos que iba a experimentar al ingresar a la beca. A diferencia de otras áreas de la medicina, acá la empatía, el manejo de la angustia y la capacidad de vínculo son básicas. Y en eso la presencia del doctor Almonte fue fundamental. Con ese estilo tan particular era capaz de advertir nuestros conflictos y fragilidades y, en tres palabras, removernos y dejarnos pensando toda la semana. Y el año, incluso".

Complementa: "Aún recuerdo que un día me dijo que tenía complejo de profesora. No se equivocó mucho. Si bien veo pacientes, una de las cosas que más me agradan es hacer clases y dedico buena parte de mi tiempo a esa actividad".

Sobre su dedicación a la enseñanza, Almonte sostiene: "Comenzamos a introducir temas de salud mental en el currículo de pediatría y, para 1986, ya era una materia fuerte con preparación de apuntes y un excelente material. Participé en los debates que intentaban dirimir si la infantil era una rama de la psiquiatría de adultos o de la pediatría. Luchamos hasta dignificarla, posicionarla y que fuera una disciplina independiente.

Interesante. ¿Fue muy dura esa discusión?

-Sin duda. Tanto la pediatría como la psiquiatría de adultos sostenían que primero se debía tomar esas especialidades y luego hacer la de niños. Había puntos divergentes que pudimos defender con argumentos muy sólidos.

¿Cómo evalúa la formación de hoy?

-Por lo menos en la Universidad de Chile, excelente. Aunque muchas veces faltan docentes o algunos instrumentos o material didáctico. Casi todo se hace por esfuerzo personal.

¿Qué características debe tener hoy un psiquiatra infantil?

-Junto a una inteligencia normal, hay que tener vocación, saber escuchar al niño y al adolescente, lo que significa saber discriminar y discernir para lograr una mejor relación entre padres e hijos, porque estos últimos son dependientes del contexto familiar. Si éste es terriblemente insano, es muy difícil que se críe un joven sano.

Agrega: "Hay individuos que están contagiados por la sociedad materialista y economicista. Tratamos que no sean psiquiatras infantiles porque dañarían a nuestra población. Mejor se dedican a otra tarea en la que no tengan vínculos de compromiso con seres delicados".

Con los que han sido sus becados afirma mantener "vínculos excelentes por lo menos con el 50%. Hay otros con los que no. Ya sabes, pájaro que comió, voló (Ríe). Los otros son agradecidos, tengo buenas relaciones con ellos".

Consultado sobre por qué prefirió atender menores, Carlos Almonte responde: "En primer lugar porque me inicié como pediatra. Ahora, ¿por qué pediatra y no internista? Yo diría que los pequeños requieren una clínica muy severa y siempre me ha interesado la rigurosidad, pues se ve cada detalle del sujeto con un criterio bastante preciso y crítico. En segundo lugar, pensaba que los niños se mejoraban y que, en cambio, los mayores se equilibraban. Me interesaba que el quehacer se transformara en algo favorable para el consultante".

Aquello de su rigurosidad es conocido en el ambiente académico. El doctor Ricardo García explica: "Como buen descendiente germano por el lado materno, ha hecho que los programas en la universidad se lleven a cabo de un modo estricto. Cuando en el extranjero nos preguntan por el nivel de nuestros médicos, tenemos el orgullo de decir que son de gran categoría. Eso todos lo reconocen y no sólo se debe a la calidad de cada individuo, también a las conductas que él ha transmitido".

Sus éxitos

Pese a que el facultativo admite bastantes y buenas oportunidades para su desarrollo, son innegables sus logros. De muestra un botón: Ha publicado y colaborado en la edición de unos diez libros, así como más de ochenta artículos científicos; fue jefe de servicio durante dieciséis años en el Hospital Roberto del Río y es catedrático asociado de la Universidad de Chile desde 1975. "No fui profesor titular porque no me interesaba, me bastaba con ser asociado porque se podía hacer todo lo que se puede dentro de la disciplina", asegura.

Se le inquiere si hay algo que le falte hacer. Él responde con su negro humor: "¿A mí? Mmmm… Morirme".

¿Como profesional?

-¡Aaah! (Ríe). Estoy abierto. Hoy estoy abocado exclusivamente a la docencia, en las áreas de adultos y niños, también en pediatría. Y veo la supervisión de pacientes de los becados en el hospital Roberto del Río.

¿Hay alguna frustración?

-Eso es parte del cotidiano, aunque hay ingratitudes y deslealtades que duelen. Pero eso no nos separa de nuestra ruta.

Y su vida familiar, ¿cómo es?

-Excelente.

¿Tiene hijos que hayan seguido su camino?

-Sí, tengo una hija psiquiatra infantil -Dra. Claudia Almonte-, otro que está estudiando psiquiatría y que está por recibirse y una hija que es ingeniera.

¿Contento, orgulloso?

-Si ellos están felices, está bien. No son trofeos míos.

Al terminar la conversación, adelanta que está pronto a lanzar un nuevo libro cuyo nombre será "De Metáforas y Terapia" y trata sobre el uso de estas figuras como un procedimiento de inducción de cambio. "Uno no sólo usa fármacos. Yo hago terapias y en familias resistentes la metáfora puede provocar cambios espectaculares en muy poco tiempo, se ofrece una barrera sutil. En cambio el discurso más analítico y crítico suele producir rechazo. La alegoría rompe esas defensas y se produce lo que se busca", afirma.

 

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