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Me preocupa cómo conseguir motivar a la gente joven

Entrevista Doctora Ledia Troncoso

11 de Julio de 2012

Tras una carrera de más de 40 años en neurología pediátrica y una década dirigiendo al equipo del San Borja Arriarán, la doctora Ledia Troncoso recibió este año el Premio Ricardo Olea, otorgado por SOPNIA. Hoy se dedica a sus nietos, pero se mantiene vigente en las cosas que la apasionan: el área neurogenética-metabólica, la epilepsia y el área clínica-docente.
 
Aunque es una conversadora entretenida, a la doctora Ledia Troncoso no le gustan las entrevistas. Dice que ésta es la primera que da. Y lo hizo porque el premio Ricardo Olea, el tradicional reconocimiento que entrega SOPNIA cada año y cuya última edición recayó sobre ella, la puso “entre la espada y la pared”.
 
Neuróloga pediátrica titulada en la Universidad de Chile, la doctora Troncoso desarrolló toda su carrera en el Hospital San Borja Arriarán, donde encabezó por más de diez años la unidad de su especialidad. Y, como jubiló hace cuatro años, hoy se dedica a sus dos nietos, Santiago y Emilia, hijos de su hija mayor, a quienes lleva todos los días al colegio. “Soy su transporte escolar”, dice.
 
Lo cierto es que siempre ha estado ligada a los niños. Sus padres eran profesores y fundaron un colegio en Buin del que su madre fue directora y que hoy lleva su nombre, Haydee Azócar Mansilla. La doctora Troncoso nació en Santiago, pero cuando era niña su familia se trasladó a  esa comuna y, como entonces era la única mujer entre los hijos del matrimonio, (posteriormente nació su hermana Gloria), tuvo que estudiar allá. Ella pensaba que sería profesora de Educación Física, hasta que un profesor de biología la convenció de inclinarse por estudiar Medicina. 
 
“Él fue marcador en mi elección. Mi papá en realidad quería que yo estudiara diplomacia, encontraba que la medicina era una carrera ruda para una mujer”, cuenta la profesional. “En mis tiempos, nosotras las mujeres entrábamos por número, entrábamos en 150 vacantes, 10 mujeres, y si repetía alguna o se le antojaba casarse nos quitaban el cupo”. 
 
Decidió partir a Concepción para tener más opciones de quedarse con una vacante y hasta allá fue a dejarla su papá, a la casa de unos amigos suyos. “Era la niña, entonces no fue fácil, se me metió en la cabeza estudiar Medicina e irme a Concepción. Pero en esa concesión mi padre encontró que era razonable ahí. En realidad hoy en día uno no puede llevar a los hijos a matricularse a la universidad, pero mi papá iba a todas partes”, recuerda.
 
Volvió a Santiago en cuarto año y, al terminar, quiso entrar a Pediatría. Para eso entró al Hospital San Borja Arriarán, donde se quedó porque no se le exigió partir como general de zona. Sin embargo, ya casada, se trasladó con su marido –que era ingeniero eléctrico dedicado a  Telecomunicaciones– a vivir a Melipilla, por su cercanía con la estación de Longovilo, donde él trabajaba y donde llegó a ser jefe de esta estación  de Entel, que en ese tiempo era estatal. Allá fue parte del área de Pediatría del hospital de esa localidad, hasta que en 1972 volvió con su familia a Santiago.
 
“A  Alejandro lo trasladaron a Santiago y entonces yo volví al Arriarán y opté a la beca de Pediatría”, cuenta. “En esa época no había neurología infantil todavía como especialidad, pero a mí me entusiasmó, me pareció entretenida entre las otras áreas. Yo no sé si tuve la impronta con la neurología infantil porque mi madre dentro de su carrera, antes de hacer la escuela de Buin, trabajaba en lo que se llamaba la Clínica de Conducta, con Juan Sandoval. Entonces ahí me tocó mucho compartir porque yo era niña y mi mamá nos hacía mucho jugar con los niñitos que estaban en control, y yo creo que de alguna manera hizo una impronta ahí, porque me pareció interesante toda esa historia del aprendizaje”.
 
En Venezuela
La beca de Pediatría duraba tres años y en el último se permitía hacer una subespecialidad. Fue ahí cuando optó por neurología infantil, pese a que el doctor Alejandro Maccioni, que era el jefe de Pediatría del hospital, se opuso. “Él era encantador y estaba dedicado a otras áreas, como nutrición, que estaba en ese momento muy en boga. Fernando Monckeberg estaba en ese momento ahí desarrollando la primera parte del INTA, que tenía otro nombre, entonces era muy atractivo, pero a mí me gustó neurología y quedé en eso”, explica la doctora Troncoso.
 
En eso estaba cuando vino septiembre de 1973. Como su marido había sido gerente técnico de Televisión Nacional, en 1975 decidieron partir a Caracas, Venezuela, con sus dos hijas y su mamá. Él llegó a trabajar allá en la firma General Telephone y ella pudo revalidar su título y entrar al Hospital de Niños J.M. de los Ríos, del Municipio de Caracas, y luego al hospital de la Universidad Central de Venezuela. 
 
“Cuando yo entré con mis papeles, a mí me presentó un doctor maravilloso, que era Sixto Méndez Rincón, que era pintor y neurólogo, pero en realidad era más pintor. Él era amigo del jefe del servicio y él me presentó, le contó que yo había hecho los dos años, que había trabajado con él y me aceptaron. Y así entré al hospital pediátrico ya en el área de neurología infantil de frentón”, cuenta. “Ahí era jefe el doctor Alberto Abadi, con quien hice gran parte de mi formación neuropediátrica y trabajé  a su lado la mayor parte de mi estadía en Venezuela”. 
 
Allá, sin embargo, terminó siendo algo así como la pediatra de la colonia chilena en Caracas, hasta que en 1982 su familia decidió regresar a Chile. “Volví al San Borja, que era como mi casa, y me recibió Fernando Novoa, con quien yo había hecho la primera parte de la beca. Y de ahí en realidad no me moví hasta que jubilé, el año 2008. La verdad es que tengo más de 40 años ejerciendo la profesión, pero consideré que ya era prudente”.
 
Una excelente segunda
A fines de 1994, el doctor Novoa dejó el hospital y la doctora Troncoso, que  trabajó  como  clínico y coordinadora docente del centro, decidió emigrar también, para dejar la administración a una nueva generación joven. Tomó más horas en el INTA (1994-1999), donde trabajaba una vez a la semana, y se enfocó en una clínica de neurogenética, pero tiempo después la fueron a buscar del San Borja para que encabezara al equipo de Neuropediatría.
 
“Yo nunca hice una carrera de jefatura, yo consideraba que yo era un estupendo segundo, porque el segundo hombre es un buen cargo, pero mi marido me empujó y me dijo que no me iba a hablar si no lo aceptaba, y eso era horrible”, relata la doctora Troncoso, quien perdió recientemente a su esposo.
Entre sus principales logros, destaca el impulso a la Fundación Proceder, creada por el doctor  Fernando Pinto Laso. Ahí tuvo que formar un equipo para potenciar la labor de la fundación y darle el empujón que requería para consolidar su trabajo, el persiste hasta hoy, dice ella, por el empuje entusiasta de todo el equipo profesional del Servicio de Neuropsiquiatría Infantil del Hospital Clínico San Borja Arriarán.
 
“Estuve a cargo del servicio casi diez años y ahí jubilé, cuando consideré que ya el equipo estaba más que maduro, más que suficiente. La doctora Mónica Troncoso asumió en el servicio, y en realidad ella había trabajado a la par conmigo todo el tiempo, así que fue muy fácil el traspaso. Esto queda entre los Troncoso”, cuenta riendo.
 
Ahora combina su tiempo, además de su labor de transportista escolar de sus dos nietos, con su consulta privada, la presidencia de la especialidad en CONACEM y con su rol como coordinadora del Comité de Neurología Pediátrica en la Escuela de Posgrado de la Universidad de Chile. En lo afectivo, ella destaca que está fuertemente  apoyada por sus dos hijas –la mayor, Alejandra, es ingeniero comercial y la menor, Paula Constanza, es arquitecto–, sus dos yernos – Santiago y Juan Pablo, ambos arquitectos–  y por sus nietos, pero además por “el afecto y apoyo incondicional  del equipo profesional y técnico  de Neuropsiquiatría del San Borja, que me hacen sentir uno más de ellos, pese a mi condición de tercera edad”. 
 
“En este momento voy al San Borja un día a la semana, los miércoles, pero es muy entretenido”, dice la doctora. “Hago un policlínico de neurogenética ahí con los doctores Mónica Troncoso, Andrés Barrios y Paola Santander, ellos han ido dedicándose más a eso, es un policlínico docente junto a los Becados  de postgrado de Neurología pediátrica, Neurología adulto, Neurocirugía, Pediatría y Psiquiatría infantojuvenil. Y también interactúo con el equipo de trastornos del aprendizaje, epilepsia, en fin. Yo soy de la generación de los ‘toderos’, hacíamos de todo”, ríe.
 
Y es verdad: fue directora de la Liga Chilena contra la Epilepsia, organizó uno de los congresos de SOPNIA y llegó a ser presidenta de la Sociedad. Sus mayores retos fueron crear un directorio de los integrantes de la entidad, junto al doctor Tomás Mesa, “quien fue  realmente el motor de ello”, aclara. Además, estuvo abocada a impulsar nuevos grupos de estudio, como los de Trastornos del Desarrollo, Neurometabólico, Neuroneonatología, entre otros.
 
Hacia el futuro
 Hoy, dos cosas preocupan a la doctora Troncoso. Una de ellas es la necesidad de recertificación que tienen los profesionales del área, en lo que SOPNIA podría tener una oportunidad al actuar, potencialmente, como organismo certificador, en una tarea que desarrolla de forma tangencial con los seminarios y cursos que impulsa. Eso motivaría, cree, una mayor participación de profesionales en la Sociedad.
 
La segunda es la baja inscripción de los jóvenes tanto en SOPNIA como en el Colegio Médico. “Me preocupa cómo conseguir motivar a la gente joven. Ahí está el meollo y es parte del futuro”.
La especialista explica que “vale la pena contribuir a trabajar en la Sociedad, porque les va a retribuir en generar el desarrollo de la especialidad  ya que es un área  de un constante desafío. Es muy importante la incidencia que tenga la Sociedad en el área de la especialización, creo que es clave, porque uno tiene que ofrecerle al país, es la obligación de una sociedad científica, sus conocimientos y lo que pueda aportar”.
 
“Yo creo que la Sociedad también debe incidir en todas las partes educativas, éticas, debiera tener una voz especialmente relevante también ahí, porque somos los que se dedican al trastorno del aprendizaje y todo lo que ello implica, o la parte psiquiátrica de todos los trastornos de conducta que existen hoy, como el bullying, por mencionar sólo  algunos desafíos. Todos esos temas  que una sociedad en desarrollo, con mayor complejidad social, va generando. Yo creo que esas son las pegas duras de la Sociedad. Y no son pocas”, dice.
 
Y desde el punto de vista de la neurología pediátrica hacia el futuro, agrega que “en Chile ya no se juega con el caballito de madera, ahora tiene que ser un Play Station, entonces hay una cosa un poco alienante en eso. Todas esas situaciones  a uno le tocan y con mayor razón les va a tocar a los médicos especialistas de la conducta, ver todo el aspecto neuropsicocognitivo y neurogenético, entre otros,  por eso yo creo que en el futuro la pega va a ser más dura para los que vienen que lo que fue para mí”.
 
 
 
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