Entrevistas

Pionero del tratamiento de la dislexia en Chile

Entrevista al Doctor Javier Cox

16 de Diciembre de 2009, Sopnia.com

De médico, poeta y loco...



Es médico hasta la médula de los huesos. Médico de la medicina que le enseñaron sus maestros, los doctores Enrique Überall, neurólogo; Aníbal Ariztía, pediatra, y Douglas Buchanan, destacadísimo neurólogo infantil escocés radicado en Estados Unidos, con quien se formó en la Universidad de Chicago. Médico de la medicina que pone al paciente en primer lugar, para escucharlo antes de hablar, para entender su pensamiento antes que ver su cerebro.
El doctor Javier Cox fue uno de los pilares, junto al doctor Mariano Latorre, del Servicio de Neurología Infantil del Hospital Luis Calvo Mackenna el cual, posteriormente, se fusionaría con el de psiquiatría pediátrica. Trajo a Chile los conceptos de dislexia y de trastornos del aprendizaje; “antes de eso, los niños eran tontos o flojos”. Se dedicó con alma y vida a patologías como la epilepsia o la parálisis cerebral, motivado por su hija mayor, Moniquita, una hermosa niña feliz que nunca habló ni caminó, pero que disfrutó del inconmensurable amor de sus padres y sus seis hermanos. Y se retiró del ejercicio profesional cuando las máquinas parecieron ser más importantes que la relación médico-paciente.

Ingresó a estudiar medicina en la Universidad Católica después de desechar la idea de ser abogado, como su padre, para seguir el ejemplo de su tío, el doctor Fernando Cox, de actuales 98 años. Dio el bachillerato de biología en marzo con los repitentes –había dado el de Letras en diciembre, pero ese verano cambió de idea- e inició su formación de pregrado, pero por partida doble: durante el día aprendía los misterios del cuerpo humano, y por las noches estudiaba teatro. Cuando comenzó a quedarse dormido en clases, optó por la medicina a tiempo completo, y no la abandonó sino hasta hace una década, cuando retomó su amor por las tablas y el romance con su esposa, Mónica Irarrázaval.
En la universidad, aprendió de los profesores Rencoret, cirujano; Sergio Donoso Gatica, de biología; el doctor Erich von Heilmeier, profesor de física, y el doctor Enrique Überall, quien años antes había atendido a su abuela y le había diagnosticado certeramente un tumor en la médula, causa de su paraplejia. Al titularse en 1952, ingresó a trabajar al Hospital Luis Calvo Mackenna con el doctor Latorre –iniciador de la neurología infantil en el país-, trasformándose en su primer discípulo y de quien siguió el ejemplo en cuanto a su formación con el doctor Buchanan en Chicago, adonde partió en 1958.
A su regreso al año siguiente, se dedicó de lleno a “predicar, predicar y predicar” respecto de las patologías que conoció en Estados Unidos: la dislexia y los trastornos del aprendizaje y de maduración cerebral. “Antes de eso los niños eran tontos o flojos para el colegio, y los pobres chicos, aparte de esto, son muy tímidos e inseguros, por lo que se les iba la autoestima al suelo; por eso es que me emocioné tanto con este tema y decidí que le iba a dedicar mucho de mis esfuerzos”, explica el doctor Cox.

Esta “evangelización” lo llevó a todos los rincones de Chile para enseñar estos nuevos conceptos, pero también a formar a muchos nuevos especialistas que llegaron desde diferentes universidades al servicio que integraba junto a los doctores Latorre y Francisco Mena. De ese “semillero” salieron nombres como los doctores Neva Milicic, Amanda Céspedes, Bolívar Valenzuela, Ricardo Erazo, Rodrigo Chamorro, Verónica Burón, Laura Germain y otros.


Atención integral a los pacientes
Otra área a la que se abocó fue la epilepsia y la parálisis cerebral, motivado porque su hija mayor, Moniquita, padecía esta última discapacidad. “Nunca anduvo ni  habló, le costaba mucho tragar porque tenía una hemiplejia doble, pero era feliz porque fue muy amada. Cuando salía de trabajar, me devolvía a la casa muy emocionado de volver a estar junto a ella. Y por eso, cuando murió, estuve más de un año muy mal”, añade el doctor Cox. “Pero no importa, sigue viva porque todos los días hablo con ella”.
- ¿Cómo era el tratamiento de estos pacientes en esa época?
- Lo que nosotros tratábamos de trasmitir fue siempre era tratarlos con un enfoque global, priorizando a la persona, a su relación con la familia. A un niño no sólo hay que cuidarlo, sino que hay que enseñarle a él a cuidarse y a su familia a cuidarlo. Y si uno no se da el tiempo lo hace mal, por eso yo me instalaba con ellos a conversar. Teníamos un servicio estupendo en el hospital, con kinesiterapia, un jacuzzi; atendíamos a los niños como se los debe atender, en todos los aspectos de su vida.

De a poco, recuerda el doctor Cox, comenzaron a llegar al país los avances científico tecnológicos de apoyo diagnóstico. “La primera vez que ví un escáner me quedé mudo de la impresión por tres días. ¡Podía ver un cerebro sin tocarlo! Antes teníamos que inyectarles aire en la columna a los pacientes para que esa burbuja subiera y se metiera en la cabeza para poder tomar una radiografía, o les puncionábamos el cráneo para llegar a los hematomas subdurales”. Pero, a su parecer, esa tecnología desvirtuó la relación médico y paciente, porque empezaron a hacerse indispensables todos los exámenes posibles, dejando atrás la conversación y el diagnóstico personalizado: “ahora le conocen el cerebro por dentro al enfermo, pero no sus pensamientos”, reflexiona.
Así, en 1985 emigró, junto a otros colegas, al nuevo proyecto que representaba Clínica Las Condes. “Quise llevar allí todo el espíritu y lo que habíamos aprendido de la medicina social del Estado, trasmitirlo a la medicina privada”.
Lo logró en un principio, dice. “Después la medicina se transformó en tarea de funcionarios. Las decisiones que antes tomaban los jefes de servicio ahora las tomaban los gerentes de las empresas, y no me gustó eso, que fuera manejada por el motivo económico. Eso no va conmigo, por eso me retiré”.
Desde entonces, se dedica a “pagar sus deudas”, como él dice. Con su señora, a la que abandonaba largas jornadas por sus pacientes; con sus seis hijos y sus 31 nietos; con el teatro, uniéndose a un grupo de Vitamayor, perteneciente a la Municipalidad de Vitacura, para montar obras clásicas primero y luego otras como “Chiloé cielos cubiertos”; allí, a sus 80 años, interpretó a un joven navegante de 18. “La magia del teatro”, ríe. Y con la poesía, que nació en él no hace mucho y que dedica, casi siempre, a los ojos azules de su amada y, otras veces, a inspiraciones repentinas, como la muerte de Diana de Gales. A ella, “la princesa dulce que lloraba”, escribió versos y una especie de presagio: que su marido nunca sería rey.
Parece que, además de médico, poeta y loco, el doctor Cox conjura el futuro...          

 

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