Diario Digital

Jugando a la muerte

Lunes 17 de Julio de 2006, La Nación

La autoeliminación es un suceso violento y traumático. Más aún cuando quien toma esa decisión es un niño. Un estudio del Ministerio de Salud revela que de 8 mil 131 escolares de entre 13 y 15 años, el 20% consideró seriamente la posibilidad de atentar contra su vida y un 16,5% intentó concretarlo.

Claudio Reyes 

Freddy Galindo jamás podrá olvidar la tarde del 25 de septiembre de 2003. Ese día, al regresar de su colegio, el que hasta ese momento era su único hijo, tomó la más drástica de las medidas: se ahorcó en el interior de su propia vivienda, en Punta Arenas. Al momento de hacerlo apenas tenía 12 años.

“Era un niño normal al que no le iba mal en la escuela, aunque no era muy estudioso. Era muy deportista, jugaba fútbol y handball”, recuerda Freddy, a casi tres años del hecho que enlutó a su familia y que conmovió a la XII Región.

Si bien en Chile no hay estadísticas que arrojen datos fiables sobre las tasas de conductas suicidas en infantes -definidas como la preocupación, intento o acto que intencionalmente busca causarse daño a sí mismo o la muerte- hay algunas investigaciones que dan luces sobre la sanidad mental de los pequeños chilenos.

El Ministerio de Salud y la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelaron los alcances de un estudio aplicado a 8 mil 131 escolares de entre 13 y 15 años. Sus resultados son, por lo menos, alarmantes. A saber: un 20% señaló haber considerado seriamente la posibilidad de atentar contra su vida, mientras que un 16,5% planeó una forma de concretarlo.

Freddy Galindo respira hondo, se toma una pausa para hurgar en los recuerdos más tristes de su vida con la certeza de que su testimonio podrá ayudar a otros papás: “No hubo una carta de despedida en la que explicara sus razones. Tampoco había antecedentes de depresión, ni avisos previos ni andaba extraño. Nada. Por eso siempre he dicho que esto fue jugando, él tiene que haber estado jugando… Éramos uña y mugre, donde andaba uno estaba el otro”.

“Mi hija, de 19 años, mi señora y yo estamos más tranquilos, aunque debemos luchar a diario para aprender a vivir con el dolor de la pérdida”, afirma el padre, emocionado.

Su tono cambia para narrar un suceso importante y esperanzador: “Llegó otro integrante a la familia, que ya tiene un año y dos meses. Aunque un nuevo hijo nunca va a reemplazar al que se fue, el nacimiento de este chiquitito nos ha ayudado mucho a todos”.

El duelo

La muerte de un ser querido, en cualquier caso y sea cual sea el porqué, siempre genera pena. A partir de eso no es difícil imaginar el cúmulo de sentimientos y emociones que provoca el que un pariente directo determine acabar con sus días, peor aún cuando éste es sólo un niño que podría estar con sus amigos, quizá jugando a la pelota o a las escondidas.

Rabia, impotencia, tristeza y preguntas como “¿por qué lo hizo?”, “¿qué hicimos mal?” o “¿en qué fallamos?” son recurrentes en circunstancias tan dramáticas como la que atravesó Freddy.

Julio Volenski, siquiatra infanto juvenil y subdirector del Servicio Médico de Iquique, define el suicidio, en relación a sus consecuencias, como “más que un acto que lleva a la muerte de alguien, es una acción que, de algún modo, mata algo de todos quienes la rodean”.

Si bien Freddy manifiesta que en su clan no ha habido reproches ni culpas, es más, “eso nos ha unido hasta el día de hoy”, Volenski ahonda en el tema. “Todo fallecimiento de un pariente es una pérdida para el grupo, en el que se establecen interacciones y dinámicas en las que todos juegan roles significativos, únicos e irrepetibles. Al interior del hogar se entrecruzan afectos, proyectos y reminiscencias que harán aún más dolorosa la partida, sumándose a este padecer una usual idealización del ser que se ha ido. Ahora bien, si se trata de un suicidio, será casi inevitable la aparición de sentimientos culposos, responsabilizándose de lo ocurrido, por acción u omisión, los que son alimentados o perpetuados por pensamientos depresivos asociados al duelo”.

El profesional complementa: “La culpa también pueden invadir, y es habitual que ocurra, a los pares y a la comunidad escolar y barrial, es decir, a quienes compartían el día a día con el niño que decidió morir. Muchas veces se preguntan ‘y yo, si hubiera puesto más atención en él o ella, ¿podría haberle ayudado?’. Queda así una sensación de egoísmo y de no haber actuado conforme a una ética”.

Otro posible efecto es la negación, concepto que Volenski grafica como “una forma imperfecta de enfrentar cualquier duelo, ya que no permite o empaña la reflexión y la elaboración adecuada del sufrimiento y la pérdida, procesos que deben vivirse para un adecuado tránsito a la normalización de las vidas”.

Esta conducta se puede revelar de tres maneras, indica. “La primera está en la fase en que inmediatamente se conoce la noticia”, lo que se puede ejemplificar en frases como “no puede ser”, “me están mintiendo”, “se equivocaron” o “no es mi hijo”.

La segunda manera en que se revela la negación es en la forma de mitigar el tormento que ha experimentado el suicida antes de tomar la decisión de autoeliminarse”. Y la tercera es “buscando explicaciones alternativas que lleven a no desarrollar sentimientos de culpa”.

Volenski entrega algunas luces sobre cómo superar esa aflicción. “Una buena forma de dar curso a la elaboración del duelo es ejecutar prácticas en la familia, como evocar momentos gratos y constructivos del ser querido. La realización de actividades marcadas por los recuerdos y la ‘buena onda’ de quien partió puede ayudar a generar un clima interpersonal y síquico que facilite una mirada hacia el futuro, sin que esto implique el olvido, el que de suyo es imposible”.

Y este trabajo interno, Freddy y los suyos lo tienen claro. Sobre esto y el comienzo de su luto, cuenta: “Creo que alcanzamos a ir a dos o tres sesiones con un sicólogo. Pese a ello, pensamos con mi señora que si un especialista no ha pasado por esto, no va a poder ayudar mucho. Lo hablamos entre nosotros, con nuestra hija, y llegamos a la conclusión de que si no poníamos de nuestra parte y si no nos apoyábamos mutuamente, jamás lograríamos salir del hoyo en que estábamos. Nadie que no haya vivido esto va a poder prestarnos ayuda o decirnos qué debemos hacer, porque no lo ha sentido. No fuimos más a terapia. Con el apoyo y el compartir entre nosotros, gracias a Dios, hemos podido salir adelante”.

Sin embargo, la siquiatra Vania Martínez, postitulada en terapia familiar e integrante de la Sociedad de Siquiatría y Neurología para la Infancia y la Adolescencia (Sopnia), explica que “la culpa, en estos casos, tiene su fuente en la sensación de no haber detectado a tiempo una realidad adversa que podría haber sido remediada. Muchas veces se reprochan entre esposos, haciendo más complejo el escenario. Creo que, de todas formas, se hace necesario el apoyo de especialistas para que puedan acompañarlos”.

Padres alertas

La investigación del Ministerio de Salud y la OMS arrojó, además, que entre el 13 y el 17% de los niños encuestados expresó haberse sentido solo durante el último año. También, entre un 8 y un 9,5% de ellos refirió un estado de preocupación en el mismo período, con las consecuentes dificultades para dormir en la noche.

El doctor Volenski afirma que se debe estar atento a las muestras de irritabilidad, reducción de la interacción social o un franco aislamiento, en la baja del rendimiento escolar o en no disfrutar con cosas que antes le eran placenteras. No obstante, el principal factor crítico es la depresión, “por lo que se deben observar los cambios conductuales, además de alteraciones en el apetito o en el ritmo de sueño”, el que puede manifestarse en insomnio, hipersomnia o variabilidad de este agente, comenta el profesional,

Pero la depresión en infantes no necesariamente tiene la misma sintomatología que en adultos, en la que se asocia a una reducción de la actividad, precisa Volenski. “Puede presentarse acompañada de hiperactividad e impulsividad, lo que puede llevar a que familiares o profesores interpreten esto como maña o desorden, ejerciendo sanciones que empeorarán el contexto. La posibilidad de atentar contra la propia existencia, es mayor al existir pensamientos de culpa como ‘mis papás pelean por mi causa’, o de inutilidad, como la frase ‘no sirvo para nada’”.

La siquiatra y catedrática de la Universidad de Los Andes, Cecilia Ruiz: señala que “en los pequeños, a diferencia de los jóvenes, actos de este tipo pueden responder a la imitación. Es decir, hay modelos cercanos al menor en que se aprecian maneras autodestructivas. Incluso en ocasiones es difícil diferenciar un intento de suicidio de un accidente, dado que en Chile existe la mala costumbre de guardar fármacos y el menor ve que, con frecuencia, las personas toman pastillas para dormir o relajarse”.

La especialista, que también integra el directorio de Sopnia, cree que el intento de autoeliminación se ve, a veces, en situaciones de abuso sexual o depresión, donde el niño no encuentra otra forma de provocar cambios en un entorno que es adverso y donde las familias son muy desligadas o poco empáticas. “Un hecho consumado de esta naturaleza es poco frecuente a esta edad porque tras el intento, más que el deseo de morir, hay una solicitud de auxilio”.

¿Dónde tienen su origen estos cambios, trastornos y pedidos de ayuda? Es el momento de la crítica y para ello, Volenski argumenta: “Estamos en una sociedad que olvida aspectos centrales de la infancia, como el desarrollo afectivo y emocional. Actualmente centramos los objetivos en el exitismo, vinculado muchas veces a las posibilidades de consumo, lo que facilita el distanciamiento entre los padres y su descendencia”.

Ayuda

¿Qué significa hoy su hijo?, se le inquiere a Freddy Galindo. Vuelve a respirar hondo y responde: “¡Mucho, lo máximo! Siempre lo fue y lo será. Él era mis ojos. Y esto lo digo sin desmerecer a mi hija ni a mi pequeñito recién nacido, porque ellos ocupan un gran lugar tanto en mi vida como en la de mi esposa”.

“Hasta hoy no sabemos por qué lo hizo o en qué fallamos -se pregunta Freddy-. Sigo pensando que fue parte de un juego. Esta cruz no se la doy a nadie… a nadie”

Y es que “¡el dolor es tan grande! Es como si te mutilaran y no pudieras caminar. Es como si quedaras atrapada bajo los escombros de un terremoto”, grafica K.M., una profesora cuyo hijo mayor también determinó acabar con sus días luego de una larga depresión y varios intentos previos.

El joven tenía 25 años al momento de tomar la drástica decisión. Y el testimonio de K.M., aunque él no era un niño, es importante por cuanto ella integró el directorio de la Corporación Renacer, entidad sin fines de lucro que, desde 1993, asiste a padres en duelo.

La metodología de trabajo del organismo consiste en “establecer un clima de mucha fraternidad, confianza y de escuchar a quienes atraviesan por el mismo problema u otros más complicados. Juntos vamos dando pasos al relatar experiencias. Así es la terapia, de comunicación a partir de la angustia y del cariño. Sin crítica. Sin recetas”, apunta K.M.

Sobre su experiencia en Renacer, ella asegura que “con la perspectiva que da el tiempo, creo que es lo mejor que me ha podido ocurrir. Recibí ayuda en los peores momentos y creo que he devuelto lo que se me ha entregado”.

Ella es madre de otros dos jóvenes y cuando se le pregunta acerca de lo que sucedió con ellos tras la partida del mayor, enfatiza que “es un problema grande porque quedan abandonados y solos… uno queda, prácticamente, sin poder caminar. Ahí viene el sentido de supervivencia cargada al egoísmo porque piensas ‘me tengo que salvar’, sin pensar mucho en los otros que también están sufriendo. Se cometen muchos errores porque se tiende a idealizar al que ya no está, a compararlo, a extrañarlo y a hablar mucho de él. Y los otros niños lo reprochan y pasan la cuenta con frases como ‘hay que morirse para que a uno lo encuentren bueno o lo valoren’. Es un gran llamado de atención”.

Temas complicados como éste muchas veces se tapan o están rodeados de prejuicios. Al respecto, K.M. aporta una historia para la reflexión: “Hace un tiempo fui invitada a un seminario sobre el duelo en la sociedad moderna. Había un panel con un siquiatra, un sacerdote y una señora esotérica que, cuando le tocó exponer, condenó la autoeliminación abiertamente porque, según ella, era pecado. ¡A mí se me pararon los pelos! El curita que estaba ahí le respondió: ‘En las puertas del cielo estaba San Pedro con una beata. Ella, al ver a un suicida que venía llegando, le dice ‘no lo dejes entrar, él debe ir al infierno’. Calla, mujer -dijo el apóstol- él debe entrar al cielo porque viene de un infierno”.   Ver noticias anteriores

 

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